memorias teatrales
Cajita de carton:
42 Muestra Nacional de Teatro
42 Muestra Nacional de Teatro
octubre 2024
En noviembre de 2023 tuve la fortuna de participar en la 42 Muestra Nacional de Teatro al ser seleccionada como becaria en el programa Jóvenes a la muestra. Esa es una de las experiencias que cambiaron radicalmente mi percepción sobre el teatro y particularmente la escena nacional.
Soy originaria de una pequeña ciudad en la frontera norte de México, aquí donde vivo no hay funciones de teatro cada fin de semana, como mucho cada tantos meses, y lo poco que se presenta son montajes comerciales, que aunque no tenga nada de malo lo comercial, no es el tipo de creaciones que me llaman la atención. Los teatros en mi pueblo son más bien recintos para graduaciones, presentaciones del gobierno o clausuras de academias de danza, pero presentaciones teatrales tal cual, lamentablemente, casi nunca. Por ello, con el fin de continuar una educación profesional en las artes, tuve que mudarme hasta Monterrey, en Piedras no era posible.
Definitivamente vivir entre regiomontanos durante los años de mi carrera universitaria abrió un poco mi panorama sobre las puestas en escena, pero no tan radicalmente como lo que después experimente en la MNT, al fin y al cabo, aunque me había movido a una ciudad más grande, seguía en el norte, a tan solo un par de horas de mi casa, así que las realidades entre mi pueblo y Monterrey no eran tan distintas.
Lo que viví en la 42 MTN fue una sobresaturación de información escénica. Durante diez presencié aproximadamente veinticinco montajes, probablemente más (hubo un punto en el que simplemente perdí la cuenta). Si bien el medio teatral en México, como en otras partes del mundo, es pequeño, me resultó impresionante la diversidad temática, de formatos y creadrxs que hay en nuestro país. Mi panorama estaba encapsulado en una pequeña sección del norte de la nación, y honestamente jamás hubiese imaginado lo impresionada que quedé al atestiguar tan diverso y enriquecedor horizonte teatral. Más que hacer distinciones entre buenos y malos montajes, que es un ejercicio un tanto complicado por qué quién determina que algo es de “calidad” y otro algo no lo es, la diferenciación personal que hice radicó más en formas y contenidos.
Aparte de los montajes en sí, la convivencia con companerxs becarixs de diferentes partes de la república devino igualmente en una experiencia constructiva. Conocer a otros jóvenes artistas, desde dramaturgxs, actorxs, bailarinxs, gestorxs culturales, tecnicxs, vestuaristxs, iluminadorxs, directorxs escenicxs, etc., con distintas formaciones, carreras e intereses abrió radicalmente mi paisaje de posibilidades personales y aunado a ello ahora tengo la fortuna de contar con el contacto de más de 30 artistas teatrales de toda la república con quien al menos comparto y pasión teatral.
Creo que lo que más rescato de esta experiencia es el aprendizaje de que, sin querer, sobre todo por la falta de exposición a otros montajes, mi perspectiva estaba encasillada en una pequeñita cajita de cartón y que también, en este medio caben todxs, aunque a veces el ego nos susurre lo contrario.
De los errores se aprende: la primera obra que escribí y dirigí
agosto 2024
Las primeras veces son inolvidables, en ellas se encuentra una presión que no se vuelve a repetir, y eso mismo sentí la primera que dirigí un texto propio. Cursaba mi segundo año de carrera y por la pandemia todos estábamos recluidos en casa tomando clases en línea. A pesar de ello seguía emocionándome la posibilidad de trabajar un texto propio para la viable presentación del mismo en el programa del Aula al teatro, ósea que el trabajo se hiciera público.
Obra: Éxtasis: Momentum de felicidad
Dramaturgia y dirección: Fátima Niño
Elenco: Aria Angulo, América Garza, Barbara Ledezma,
Leslie Carol y Libertad Castro.
Algo importante que tengo que desatacar de mi es que, para bien y para mal, no me tomo nada a la ligera, todo me es extremadamente personal, y aquellas cosas que me interesan me son de suma importancia, y por ello tengo la a veces insoportable manía de dar cada parte de mi en todo lo que hago, y eso a la larga puede resultar agotador, tanto para mi como para los que me rodean, y esta pequeña memoria es prueba de este mal habito de no soltar y aferrarme a todo con cada gramo de mi ser.
Pasé semanas trabajando en un texto que, si bien idealmente debió de haberse pensado para la escena, como la pantalla nos limitaba lo escribí pensando en una grabación a distancia. El proyecto fue aprobado, junté al equipo y comenzaron los ensayos. Pese a que las primeras semanas fueron bastante productivas e inclusive amenas eventualmente mi necesidad y rigidez por querer hacer todo con sumo respeto y extrema precisión comenzó a afectar al resto del equipo. Sin querer, mis convicciones ensordecieron las necesidades de las otras. Más que entes creativos, comencé a tratar a mis compañeras como marionetas que tenían que someterse a mi voluntad. “Yo conozco este texto como nadie, yo soy la dramaturga, yo soy la directora, yo tengo la razón, yo sé qué se debe hacer, yo soy la jefa, yo, yo, yo…”
Mi más grande error: No delegar. Quise hacer todo. Escribir, dirigir, investigar, enseñar, editar, diseñar, organizar, e inclusive de haber sido posible me habría apoderado del cuerpo de las actrices para actuar por ellas. Mi mal habito de querer que todo sea perfecto me suele cegar. He lidiado con la obsesión desde muy pequeña, con la ilusión de que tengo el control sobre lo que me rodea y que la vida tiene que sucumbir ante mis deseos y necesidades. Lo comprendí a la mala, pero finalmente entendí, ante la pésima experiencia que tuve con ese proyecto, puesto que eventualmente mis compañeras se hartaron de mi actitud lo que dio como resultado a una fuerte confrontación, que nada se controla, ni la gente, ni los proyectos, ni la vida. Que se puede planear, inclusive prevenir, pero al final uno planea y la vida dispone. Acepté ante la pérdida de control y el choque con una pared de consecuencias que cada ente en el teatro tiene autonomía, y para que el trabajo en equipo que es tan fundamental para el hecho teatral efectivamente se generé, es indispensable el respeto a la autonomía creativa de cada creador o creadora incluido en el proyecto.
Curiosamente, ahora que lo recuerdo, gran parte de aquel texto, Éxtasis: Momentum de felicidad, giraba en torno a la ilusión del control, un tanto irónico que no me diera cuenta que la obra que escribí y dirigí solo era un espejo de lo que personalmente tanto me costaba. Aqui el inicio del texto:
"A veces… a veces siento que estoy en un auto y que este se maneja solo. Yo estoy en el asiento del piloto, tengo las manos sobre el volante, para creer que tengo el control. Me engaño repitiéndome una y otra vez que lo tengo. De tanto decírmelo termino creyéndomelo, aunque sea una mentira. Inclusive pongo mi pie sobre el acelerador, pero no importa, yo no estoy manejando. Nunca estoy manejando. El auto se maneja solo y yo… yo solo permanezco sentado, observando, escuchando y aferrándome a lo que sea que encuentre."
Ahora cuando trabajo con otros, que lamentablemente ya no sucede tan seguido puesto que me he centrado en la dramaturgia, y sobre la soledad de profesión hablaré luego, trato de rememorarme esta mala experiencia como recordatorio del camino que no se debe seguir. Como cualquier humano me sigo tropezando con la misma piedra, mi gran talón de Aquiles, el control, y sé que es un trabajo de años de practica para llegar a la soltura, que no debe de confundirse con el desinterés, sino que es la aceptación de que nuestras manos son demasiado pequeñas para desenmarañar este nudo de vida. Al fin al cabo, creo fielmente que el desapego es la mejor forma de vivir.
El día que decidí dedicarme al tetro
julio 2023
El título de esta pequeña memoria es una mentira piadosa para llamar la atención de los curiosos, amantes de titulares llamativos, porque en realidad no hubo un día, hubo más bien una serie de días que me orillaron a tomar la decisión de convertirme en artista teatral. Días y decisiones que se acumularon como diminutas gotas de agua que caen lentamente a un vaso hasta desbordarse. Un vaso que pide con fuerza se bebido.
Fátima y Gerardo, invierno 2017.
Desde siempre he tenido una afinidad a las artes. Como la mayoría de los artistas comencé mi travesía por este medio a corta edad. De pequeña entré a todos los talleres de arte, pasé por pintura, baile, canto, teatro, dibujo, piano, guitarra, etc. Sabía que mi lugar en este mundo radicaba en las artes, pero no siempre tuve claro exactamente dónde. Mi infancia y adolescencia fueron muchos años de exploración en los que quise ser cantante, bailarina, pintora, conductora y actriz. Fui la típica niña que se disfrazaba de todo, que le encantaba participar en las actividades de la escuela, y mostré aptitudes de liderazgo en las artes desde muy chiquita (mismas aptitudes con las que tuve que confrontarme años después, en alguna otra memoria hablaré de ello). Participaba en todos los bailables, organizaba pequeñas obras para todo tipo de festividades, y convencía a mis compañeros de usar vestuarios ridículos y decir líneas aún más absurdas. ¡Desde siempre me ha encantado andar en el desmadre!
No tardé mucho en darme cuenta que el que quiere ser todo termina siendo nada, y que eventualmente tendría que elegir entre tantas cosas. En medio de todas estas ramas artísticas siempre me encontraba regresando a la literatura. Crecí en un hogar donde si bien no se leía mucho, por la profesión de mi madre, maestra de español, había regadas por la casa obras clásicas como Romeo y Julieta, El Diario de Anna Frank, Don Quijote, El Retrato de Dorian Gray, etc. Recuerdo entrar a la oficina de mamá a leer capítulos, ni siquiera en orden, solo quería abrir aquellas hojas para entretenerme. Esas historias proporcionaban compañía, lamentablemente desde muy corta edad comencé a experimentar la soledad.
Si algo tuve claro desde un principio fue que independientemente de la rama, quería convertirme en una contadora de historias, quería compartir con el mundo mis experiencias, y con suerte algún día convertirme en megáfono de historias ajenas que me conmovían y me parecían importantes de compartir.
La hora de decidir llegó en la preparatoria, en una típica clase de orientación vocacional con exámenes y preguntas para tratar de acotar las posibles profesiones a las que uno se puede dedicar. Hasta ese momento me inclinaba más a la literatura. A los catorce años escribí mi primer libro, en la adolescencia comencé a hacer mis primeros pininos, mis primeros trabajos, todavía muy inocentes y amateurs, pero al final del día, textos de una potencial joven escritora.
Pero algo no me terminaba de convencer sobre la literatura, si bien siempre me ha encantado escribir, esta serie de memorias ejemplo de ello, y es una actividad que me veo haciendo el resto de mi vida, sabía que la enorme cantidad de energía que tenía, esas ganas tan grandes de movilizarme, tan características de mí, de querer andar para arriba y para abajo, se iban a estancar si decidía solo ser escritora. A pesar de que me encanta sentarme enfrente de mi portátil a escribir por horas, también me dan muchas ganas de levantarme, de movilizar mi cuerpo.
El teatro siempre estuvo entrando y saliendo de mi esfera de posibilidades, pero nunca realmente se presentó como una posibilidad viable, no sabía mucho de teatro, había participado en una que otra obra escolar o montaje municipal, pero nada realmente trascendental. En invierno de 2017 mi prima me invitó a formar parte de una obra de teatro, necesitaban gente en el área de producción, eran vacaciones, no tenía nada que hacer, así que dije que sí. Gerardo Álvarez era el director de dicha obra, Que duro invierno, y sin querer se convirtió en una figura muy importante para mi carrera como artista teatral. Todo el mundo conocía a Gerardo en Piedras Negras, ciudad de la que procedo, fue un joven dinámico desde la secundaria, él impulsó el quehacer teatral como hasta la fecha ningún joven ha impulsado el teatro en mi ciudad. Hizo varios montajes, y a todos acudí porque me encantaba verlos, presentó Hairspray, Vaselina, Mamma Mia, y finalmente Que duro invierno. Esta última era una obra muy diferente a todas las que había presentado en Piedras Negras, era un montaje muchísimo más estructurado, maduro, y hasta cierto punto más teatral. Sus anteriores trabajos eran más de adolescente que le gustaba, como yo, andar en el desmadre. Después de terminar la preparatoria Gerardo se fue a la Ciudad de México a estudiar la Licenciatura en Teatro en la Universidad Anáhuac, y fruto de sus estudios en la capital fue Que duro invierno.
Esa obra cambió radicalmente mi perspectiva, recuerdo llegar como todos muchas horas antes para preparar las funciones. La gente iba y venía, había un elenco muy grande, muchas cosas por hacer, y lo que más me llamaba la atención era ver a Gerardo correr de un lado a otro, a veces hasta en calzones. Él era el director, protagonista, y productor, hacía de todo. Yo lo veía y pensaba “Este vato está bien loco”, y como a mí me encanta la locura me dije “Quiero, quiero hacer algo como lo que hace él. Quiero escribir y también quiero actuar, quiero dirigir, quiero producir, quiero andar corriendo en calzones tras bambalinas.” A pesar de todo el estrés que lo vi cargar esos días de función, estaba dispuesta a aceptar ese estrés que puede ocasionar el teatro a cambio de todo lo demás, de la inigualable alegría que emanaba el quehacer teatral. Que duro invierno fue una obra muy linda que jugaba con la pantomima, el clown, la musicalización, temas sociales, y era mágica. Odio esa palabra, magia, pero encuentro en este momento otra que la describa mejor. Que duro invierno efectivamente, en el mejor sentido de la palabra, era una obra mágica (prometo luego explicar en una memoria por qué odio tanto la palabra magia).
Justo antes de la última función, me acerqué a Gerardo, muerta de miedo y medio apenada, de seguro va creer que soy una niña chiflada, pensé, y le dije. “Gera, me gusta mucho esto, no sé cómo explicarlo, pero quiero hacer esto. ¿Cómo ves?” y me querido amigo me contestó, sin pensarla: “Si esto es lo tuyo, jamás te vas a arrepentir”.
Y no me he arrepentido, el teatro es mi sitio, mi lugar. De niña quería hacer tantas cosas y encontré este sentir multifacético en el teatro. Si bien amo escribir, también me apasiona la dirección, la actuación y he adquirido muchos aprendizajes en el área de producción. El teatro es un organismo complejísimo, con muchas herramientas con las que jugar, con mucho que encontrar dentro de él. Hacer teatro es una profesión que te obliga a mantenerte informada, a investigar, a buscar nuevas formas, a ver los temas desde diferentes perspectivas, a complejizar el mundo y a problematizarlo. Es una constante estructuración y reestructuración de uno mismo y su entorno.
Mi decisión de dedicarme al teatro fue un cúmulo de muchas experiencias, de años de gustos que se convirtieron en pasiones, de dudas, de miedo al qué dirán mis padres, y aún más terror de morir de hambre porque los artistas tienen la fama de no ganar bien, pero una decisión que se tomó casi por inercia, como cuando se tiene sed se toma agua, así sucedió, me dio sed de hacer mucho, de entender este mundo, de entenderme a mí, y me tomé un vaso de teatro.
Hasta la fecha no he encontrado arrepentimiento en mi decisión, tal vez sí por temporadas cansancio y estrés, pero arrepentirme jamás. Gerardo falleció a los 25 años, muy joven, demasiado joven, a tan solo dos años de aquel montaje de invierno, pero esas mismas ganas de comerse al mundo que vi en él se avivan en mí. Y cada que empiezo dudar o cansarme me acuerdo de él en calzones tras bambalinas.
Gracias, Gera.