memorias personales
Madrid, en México se piensa mucho en ti
Madrid era para mi como el país de las maravillas a Alicia, un mistico mundo donde todo lo imaginable, por mas descabellado que fuera, era posible. crecí escuchando cuentos de Madrid, aventuras que me no me tocaron presenciar, pero que cada que eschaba sentia que las vivia en carne propia.
Monterrey, terapia y duelo
Espero que a los regiomontanos no les ofenda saber que no me gusta, por que intente, no me agrada Monterrey. Hay algo en aquella ciudad
Vancouver, recuerdos de una huida
Recuerdo Vancouver como una brisa fresca después de un caliente verano. Recuerdo el nulo nerviosismo y las voraces ansias de mi cuerpo por largarse del pueblo. Recuerdo el primer día, lo diferente que eran los paisajes canadienses al desierto mexicano. Pasé de la tierra, el calor y los matorrales, a la costa, las montañas, y la urbe.
Recuerdo la libertad, sentir que podía hacer lo que se me diera la gana. Recuerdo las calles de Vancouver, las innumerables horas que pasee por el centro sin rumbo. Recuerdo Granville St. y el olor a marihuana que se impregnaba al aire los lunes por la mañana después del fin de semana. Recuerdo el ramen sobre Seymour St., y el centro comercial Metrotown. Recuerdo andar en bicicleta en Stanley Park, y meter los pies a la fría agua del English Bay. Recuerdo Richard St., la escuela de idiomas, y la catedral. Recuerdo Waterfront Rd., la pasta de The Old Spaguetti Factory, y el antiguo reloj sobre Water St.
Recuerdo la osadía de aquella joven de diecisiete años, la ausencia absoluta de miedo, el puro deseo de conquistar el mundo… y la estúpida inocencia de creer que todo se arreglaría con la distancia.
Recuerdo a Vancouver como un paraíso, y a mí como un ángel perdido, con las alas rotas. Recuerdo la soledad, las calles eran mi única compañía. Me hice intima amiga de Granville, Seymour, y Richard, acudía a Metrotown con más religiosidad que a la iglesia, a no hacer nada. Recuerdo el peso de un enorme trauma sobre mis hombros, darme cuenta que podía ir hasta China, o Marte, pero aquella negada memoria siempre me alcanzaría a la velocidad de la luz. Recuerdo el frio, que pasó de ser refrescante a insoportable. Recuerdo la nieve, lo imposible que me era caminar sobre ella, y lo resbaloso que se volvía el asfalto con el hielo. Recuerdo las tardes en Central Library para entretener a mi cabeza. Recuerdo lo largo que se hicieron los días, lo temprano que anochecía en invierno, y lo vacío que a veces se podía sentir el centro de Vancouver. Recuerdo tardarme hasta dos horas en tomarme un chocolate caliente en algún Tim Hortons porque no tenía nada más que hacer.
Recuerdo las innagotables noches de insomnio, las lagrimas de una adolescente de dieciocho que se camuflajeaban con los interminables días lluviosos. Recuerdo los escasos días soleados y lo mucho que mi cuerpo extrañaba el sol del desierto. Recuerdo la arena de la playa y sensación de estar sobre arenas movedizas, atascada, lista para ser succionada por el vacío, con ganas inclusive de sucumbir al helado mar de la costa oeste.
Recuerdo la primavera como un rayo de luz, Isabelle Park y las primeras flores de la temporada. Recuerdo un par de palabras que se acumulaban en mi boca, un secreto herméticamente guardado que pedía con urgencia la enunciación. Recuerdo el temblor en mis extremidades al bajar por Dunsmuir St., y entrar a Richard St., número 650. Recuerdo su mirada, cálidamente azul. Recuerdo sentarme a su lado con pánico de mirarlo a los ojos. Recuerdo contarlo todo, confesar el ajeno pecado que se podría en mis adentros. Recuerdo el silencio, el miedo a voltear a verlo, lo aterrada que me tenía su posible respuesta, rechazo o lastima. Recuerdo su voz, la materialización de un perdón que a él no le correspondía decir, pero que de todas formas reconfortaba. Recuerdo atreverme a verlo a los ojos. Recuerdo sus lágrima fusionándose a las mías. Recuerdo por primera vez en mi vida sentirme verdaderamente acompañada.
Recuerdo las últimas semanas de mi estadía en Vancouver, lo tarde que anochecía, lo precioso que me parecía Canadá, y el deseo por quedarme. Recuerdo el miedo de regresar al desierto, la posibilidad de volver a ceder de nuevo al hermetismo. Recuerdo el viaje al aeropuerto, el silencio entre los dos, las maletas, un último abrazo, la despedida, y la esperanza de volvernos a ver. Recuerdo la llamada a mi vuelo por los megáfonos. Ahí no lo sabía, pero el regreso a casa sería aún más difícil que la partida.